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El color púrpura de Canarias: la orchilla.

El color púrpura de Canarias: la orchilla.

Plinio el Viejo, en su Historia Natural escrita en el siglo I d.C nos premia con el siguiente testimonio:Aquel color precioso que resplandece con el matiz de una rosa oscura. Ésa es la púrpura por la que las romanas fasces y las hachas abren camino. Es la insignia de la nobleza joven; ella distingue al senador del caballero; se le invoca para apaciguar a los dioses. Realza los vestidos, y comparte con el oro la gloria del triunfo. Por estas razones debemos perdonar el loco afán por la púrpura”.

Efectivamente, doce siglos antes, para aquel pueblo semita que alcanzó las costas Siro Palestinas, conocido como Fenicios, fundadores de ciudades estados como Biblios, Sidón o Tiro, la púrpura fue más valiosa que el oro, el control de su comercio le valió la expansión por todo el Mediterráneo donde crearon colonias tan míticas como Gades, Híspalis o Cartago.

Una antigua leyenda cuenta como su dios Melkart paseando por la playa en compañía de su amada, la ninfa Tiro y de su perro, con gran susto vio a su fiel animal con el hocico manchado de lo que creyó sangre. Al acercarse y examinarlo no halló ninguna herida; averiguó entonces que el can había mordido un desconocido molusco marino que al contactar con su saliva había teñido el morro de púrpura. La ninfa Tiro le rogó, cautivada por el color tintóreo, que le hiciera una prenda del mismo tono.

Ciertamente sabemos que la púrpura en la Antigüedad fue un tinte, convertido en verdadero color, que fascinó durante siglos a potentados, príncipes, reyes, emperadores y papas; tanto es así que cuando alcanzaban el poder se les aplicaba el término “purpura sumsit”, es decir “tomar la púrpura”. Con este producto tintóreo se teñían un sinfín de prendas como telas, tapices, brocados, alfombras, cojines, capas, o cortinajes.

Stramonita haemastoma

Dicho tinte se obtenía a partir de la secreción mucosa de color amarillento a partir de ciertos moluscos gasterópodos de la familia de los Muricidae, entre ellos la Stramonita haemastoma. Estos moluscos fueron muy abundantes en el mar Mediterráneo, hasta que su sobreexplotación los llevó casi a la extinción; obligando a los fenicios a explorar rutas y fundar emporios más allá de las “Columnas de Hércules”, evidentemente sin dar demasiadas pistas sobre los mismos para conservar el monopolio de su distribución, que pasó con posterioridad a mano de sus “herederos” los Cartagineses, conocidos como púnicos por la deformación del término griego “phoinix”, rojo oscuro, y más tarde a manos de los romanos cuando éstos arrasaron Cartago en el año 146 a.C.

Será en este contexto romano cuando se comience a hablar de la “púrpura Getúlica” o de las Islas Purpurarias, que muchos historiadores colocan cercanas a las costas de la Mauritania Tingitana. Sin embargo el profesor Francisco García Talavera en su publicación “Guanches ayer, Canarios hoy” hace coincidir estas Islas con las seis islas e islotes orientales del Archipiélago Canario.

Las opiniones son libres y las diatribas entre historiadores frecuentes, pero es poco probable que Canarias albergara en la antigüedad factorías tintóreas porque aquel molusco otrora abundante en el Mediterráneo siempre fue escaso en Canarias además de difícilmente recolectable.

¿Entonces qué vinieron a buscar en nuestras Islas, si no fenicios o romanos, sí mallorquines, genoveses y venecianos? La respuesta es evidente, los atrajo otro elemento productor del tinte púrpura: La Orchilla.

Disipada la nebulosa temporal que hizo desaparecer del mapa Las Canarias durante siglos, en la Baja Edad Media éstas son “redescubiertas” por lo europeos, quedando constancia del establecimiento de un primitivo comercio entre éstos y los aborígenes de Fuerteventura, los Majos que aprendieron a entregar orchilla a cambio de baratijas, consiguiendo que fuera adquiriendo fama en Europa por su alta calidad. Tanto es así que para muchos eruditos uno de los motivos principales que movió a Jean de Bethencourt a conquistar Canarias habría sido controlar el comercio de la orchilla, dado que el normando era dueño feudatario de Grainville la Teinturiére, donde poseía numerosas fábricas dedicadas a la industria tintórea.

Una de las primera medidas que toma tras la conquista es reservarse en exclusiva el derecho de la obtención y de su comercio, tal y como se cita en “Le Canarien”, crónica de la conquista escrita a partir de los manuscritos originales de dos monjes franciscanos acompañantes del conquistador, Jean le Verrier y Pierre Boutier: “En lo que respecta a la orchilla que nadie ose venderla sin el permiso del rey y señor del país”.

No se quedaron atrás ni los Reyes Católicos que monopolizaron su negocio en las Islas realengas, ni tanto menos la Iglesia que exigió mediante bula Apostólica de Eugenio IV, en el año 1431, el diezmo, convirtiendo la orchilla en frecuente asunto a dirimir en los tribunales de justicia.

Orchilla (Pinterest)

Pero ¿qué es en realidad la orchilla? La orchilla o Rocella canariensis, es el producto de la simbiosis entre un hongo y un alga que da lugar a un liquen de color negro salpicado de puntos blancuzcos a modo de verrugas que crece en los acantilados costeros gracias a la humedad de los vientos alisios y al salitre marino; las aproximadamente trece especies que tenemos en Canarias tardan alrededor de seis años en alcanzar su estado adulto.

La elaboración del tinte a partir del liquen seco es bastante complejo. Convertido en polvo se mezcla primero con orines, por su contenido amónico, y después con cal. Esta mezcla habrá que removerla cada dos horas durante tres días manteniéndola en un recipiente cerrado. A los ocho días habremos obtenido una pasta de color rojizo, que será indicativo de que se podrá utilizar como tinte.

Hasta aquí parece todo un camino de rosas idílico y perfecto, nada más lejos de la realidad, como siempre unos pocos, las élites, se llevaban pingües beneficios a costa de la explotación del trabajo de otros muchos, los orchilleros, hombres y mujeres de los estratos sociales más bajos que acuciados por penurias y el hambre arrancaban la orchilla de riscos y acantilados arriesgando literalmente sus vidas, colgados de frágiles cuerdas, bamboleándose de hito en hito por unos salarios miserables. El decimonónico naturalista francés Sabino Berthelot describía este trabajo de la siguiente forma: Suspendido sobre los abismos desafiaba los mayores riesgos para obtener la orchilla, ese preciado liquen tan buscado en Canarias. Los peligros a que se exponen nuestros enjalbegadores no pueden comparársele. La cuerda de los orchilleros no tiene nudos, sus piernas no son retenidas por ningún gancho, y una simple tabla los mantiene en equilibrio. Sentados sobre ese débil soporte, se impulsan, apoyando los pies contra los ribazos de los barrancos, para voltearse de un lado a otro”.

Orchillero (www.museosdetenerife.org)

Para hacernos una idea, a finales del siglo XVIII la orchilla se pagaba por unidad de peso, no por horas trabajadas. El Conde de La Gomera pagaba 30 reales el quintal. Una miseria si la comparamos con los 210 reales quintal que él recibía de una casa comercial de La Orotava, y a los 1.200 reales que valía una vez llegada a Londres.

Pero nada es eterno, la mejora de las comunicaciones a nivel mundial a comienzos del siglo XIX hizo que llegara a Europa orchilla procedente de lugares tan alejados como Perú, Chile o Madagascar a precios más bajos que los canarios. Si unimos a esto la aparición de tintes sintéticos entenderemos la decadencia y la práctica desaparición del comercio de orchilla hacia finales del ochocientos, quedando pequeños resquicios hasta el pasado siglo XX.

Nombres tan evocadores que han perdurado hasta nuestros días como los Riscos de Famara en Lanzarote, La Pared en Fuerteventura, el Roque de las Ánimas en Taganana o el Desriscadero en Valle Jiménez, mantendrán viva en nuestra memoria el recuerdo del producto y las andanzas de los abnegados orchilleros, de los que más de uno, tristemente, perdió su vida en esos riscos y otros escarpes.

Mauro Bertello Calamari


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