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Taganana y sus vueltas, desde la cumbre hasta el mar.

Taganana y sus vueltas, desde la cumbre hasta el mar.

 

En el corazón del macizo de Anaga, ese paraje montañoso que constituye el extremo oriental de Tenerife, un lugar que por sus valores naturales y etnográficos ha sido protegido con la categoría de Parque Rural y que desde 2015 ha sido declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera, se encuentra una senda que incontables pies han recorrido, generación tras generación, durante siglos; un camino cuyo origen se remonta casi a los albores de la historia de la isla. Es también una de las rutas de senderismo más apreciadas tanto por residentes como por visitantes. La conocemos por el nombre de Las Vueltas de Taganana. En los próximos párrafos trataremos de que este gran patrimonio natural y humano sea un poco más conocido y por tanto también admirado y respetado.

Sendero de las vueltas

La ruta a la que nos referimos se inicia justo detrás de una antigua casa forestal situada en la carretera principal que transcurre a lo largo de esta cordillera volcánica, a unos 870 m sobre el mar, y progresivamente va descendiendo en altitud en un sinfín de curvas en forma de zigzag que son las vueltas del nombre. Este primer tramo del camino es extraordinariamente húmedo y verde. Ello se debe a la alta incidencia que tienen en él los vientos alisios, que con frecuencia envuelven en bruma a este sector del bosque, proporcionándole un ambiente mágico y misterioso. En su vegetación son dominantes tres especies de árboles: la faya (Morella faya), un endemismo macaronésico de hojas lauroides, y dos brezos de porte arbóreo (Erica arborea y Erica platycodon); la segunda es exclusiva de Canarias y conocida con el nombre de tejo.

Poco después de iniciar el recorrido vemos ya algunas muestras de la utilización que se hizo de él en el pasado: algunos abrevaderos para los animales y una cueva excavada en la roca que servía de refugio ante las inclemencias del tiempo.

Y es que, como ya se mencionó antes, este camino tiene su historia. Su construcción se remonta a 1506 y tuvo como finalidad comunicar el ya existente pueblo de Taganana con La Laguna. Para ello se aprovechó un antiguo sendero aborigen pero la nueva vía contaba con empedrado -que en parte aún se conserva- y ancho suficiente para permitir el paso de animales y carros. Ello era importante, pues ya entonces estaba en funcionamiento en Taganana un ingenio azucarero -uno de los primeros que existió en la isla- y de esta manera podía tener salida la primera mercancía de importancia con la que contó la economía canaria para su venta en el exterior.

Naranjero salvaje
Viñátigo
Malfurada
Cresta de gallo

Toda la masa forestal que podemos admirar en este sendero se engloba en la denominación de monteverde (incluye tanto la laurisilva como el fayal-brezal) y constituye un bosque perenne en el que los árboles no quedan nunca desnudos de hojas sino que las renuevan continuamente. Es una auténtica rareza botánica, pues sólo se encuentra en Canarias, Madeira y Azores. Con frecuencia se dice de él que es una reliquia del Terciario, pues en esa era un bosque similar, del cual el actual es descendiente, ocupó un área mucho mayor, no sólo en los archipiélagos mencionados sino también en la cuenca mediterránea. Las especies de árboles que forman parte de este ecosistema son endémicas de Canarias o compartidas con Madeira y Azores. Además de las ya mencionadas son destacables el laurel (Laurus novocanariensis), el acebiño (Ilex canariensis), el naranjero salvaje (Ilex perado), la hija (Prunus lusitanica), el til (Ocotea foetens) y el viñátigo (Persea indica), entre otras. Éste último representante de la arboleda es el único que añade un color diferente al verde que, en distintas tonalidades, caracteriza este tipo de bosque, pues sus hojas cuando comienzan a envejecer, se tornan rojizas o anaranjadas.

Píjara

Naturalmente este bosque se compone también de un sinfín de arbustos y plantas de menor porte. Allí donde el sol puede penetrar encontramos especies de vistosas flores como la malfurada (Hypericum grandifolium) o la cresta de gallo (Digitalis canariensis), sin embargo en la umbría son dominantes musgos y helechos. Entre estos últimos merece especial atención la píjara (Woodwardia radicans), cuyos enormes y lustrosos frondes contribuyen a crear la sensación de que caminamos por una selva primitiva y ancestral. A lo largo de esta ruta nos llegan los cantos de pájaros como el petirrojo (Erithacus rubecula), el pinzón vulgar (Fringilla coelebs) y el herrerillo (Cyanistes teneriffae) o escuchamos el arrullo de las paloma turqué (Columba bollii). Tal vez incluso podremos ver las vistosas palomas rabiche (Columba junionae), pues es en esta parte del monte donde es más probable su observación en Anaga.

A medida que nos acercamos al límite inferior del bosque donde la temperatura es un poco más alta, otras especies de árboles hacen su aparición. Es el caso del barbusano (Apollonias barbujana) -endémico de Canarias y Madeira- y el delfino (Pleiomeris canariensis); este último exclusivo de nuestro archipiélago. A muy baja altura sin embargo, desde los primeros meses del año hasta comienzos de primavera, podremos admirar las hermosas flores campaniformes del bicácaro (Canarina canariensis); otra especie que sólo está presente en el monteverde canario.

Bicácaro
Delfino

Ya fuera del bosque el sendero lleva al caminante por un paisaje más abierto, de arbolado más disperso y de huertas, algunas abandonadas y otras aún en uso. Las gentes del campo han sabido adaptarse a las limitaciones que les imponía la orografía construyendo bancales para sus parcelas. La viña hace acto de presencia, es éste precisamente un cultivo de muy larga tradición en Taganana, pues se remonta al declive de la caña de azúcar a finales del siglo XVI.

Vista de Taganana

Mientras continuamos nuestro descenso, disfrutamos ya de una estupenda vista de Taganana, enmarcada entre montañas. Su nombre es naturalmente de origen guanche y podría significar, según algún historiador, «el lugar de los roques». De esta manera llamamos en Canarias a las moles rocosas que quedan de lo que en su día fueron conductos magmáticos de antiguos volcanes. Son varios y de origen fonolítico los que se encuentran cerca de Taganana: Amogoje, Enmedio y Las Ánimas, el más imponente y próximo a la costa. El nombre de este último se refiere a las vidas que se perdieron escalándolo para obtener un preciado liquen llamado orchilla del que se obtenía el color púrpura.

Camino de Portugal
Iglesia de Taganana

Finalmente el sendero de Las Vueltas desemboca en el Camino de Portugal y por el entramos en el pueblo. El nombre de esta ad

oquinada calle de empinada pendiente, y de casas sencillas de estilo tradicional, alude a la presencia en el pasado de portugueses para la puesta en funcionamiento del ingenio azucarero; actividad de la que ya se tenía experiencia en Madeira. Un poco más abajo, el centro de Taganana, con su clásica arquitectura canaria, nos permite evocar una época durante el siglo XIX en que esta localidad llegó a ser municipio. Destaca en él particularmente su iglesia: la parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves, cuyo origen se remonta al principio del siglo XVI. Algo realmente sorprendente se encuentra en su interior: un tríptico flamenco renacentista de temática religiosa que es resultado del comercio del azúcar con Europa al que ya nos hemos referido.

Playa del Roque

El sendero de Las Vueltas termina realmente en el pueblo, pero en este relato proponemos continuar hasta la costa -si se hace a pie por la carretera pueden ser unos veinte minutos- donde se encuentra el caserío de Roque de Las Bodegas. Donde hoy se encuentran populares restaurantes orientados hacia el bravo mar del norte, estuvieron siglos atrás las bodegas de donde salía el vino en lanchas hacia los barcos que esperaban a cierta distancia, pues Taganana no tiene puerto. Cerca se encuentra el embarcadero de Tachero; ese y el de la Playa del Roque conectaron Taganana con el exterior. El roque al que alude el nombre es una especie de espolón natural que desde la línea de costa se adentra en el océano. La playa mencionada, así como las cercanas de Almáciga y Benijo son de arena negra. En las tres el baño debe hacerse con mucha prudencia pues sus corrientes son peligrosas. Lo que sí podemos hacer con plena tranquilidad es finalizar este recorrido admirando en la misma playa la agreste belleza de una costa salvaje y de unas montañas que se levantan escarpadas desde el nivel del mar como si fuesen los restos de una antigua y formidable muralla.

Miguel Fernández del Castillo


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